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Centro de Atención Temprana y Educación Especial
  
  
1.- QUÉ SON LAS DISTORSIONES COGNITIVAS

      ¿Quién es el responsable de aquello que somos? ¿Qué determina nuestra forma de reaccionar, de sentirnos, de responder a una situación concreta? ¿Por qué ante una misma situación traumática unas personas reaccionan de forma adaptativa y otras no pueden superarlo? Evidentemente no es una pregunta sencilla de responder y muchas veces nos movemos en el terreno de las hipótesis más que de las certezas. Pero podemos distinguir tres grandes bloques bien definidos: el ambiente, nuestra genética y la cognición (pensamientos).

      Tanto el ambiente como la genética son difícilmente modificables. Pero en lo que respecta a nuestra cognición tenemos un papel importante como arquitectos de nuestra vida, puesto que las cogniciones se pueden modificar. El aspecto fundamental es que la cognición tiene un papel mediador en la conducta, es decir, una cognición negativa podrá ocasionar un problema a partir de una situación neutra o leve, y una cognición adecuada podrá actuar como paracaídas ante situaciones vitales graves.

      Por cognición entendemos una serie de elementos mentales que todos poseemos y cuyo contenido puede ser ajustado y positivo o erróneo y generador de malestar. Nos referimos a las percepciones, las expectativas, las creencias, las atribuciones, las interpretaciones, los esquemas cognitivos y las autoinstrucciones.

    Y todas las anteriores son, en muchos de los casos de personas que acuden a consulta, los responsables directos de una gran variedad de problemas que pueden modificarse con las técnicas apropiadas y el trabajo conjunto de la persona con el terapeuta.

    El primer paso es lograr identificar en consulta estas cogniciones problemáticas, debido al impacto perjudicial que poseen en la conducta y en las emociones. El segundo paso es la modificación por unas cogniciones más adecuadas. Este procedimiento es un requisito importante para aumentar el éxito terapéutico, dado que aumenta las posibilidades de explicación, predicción y control de la conducta.

    Dichas creencias desajustadas las podemos poseer todos en algunos momentos determinados y no por ello ha de suponer un problema. Lo que genera complicaciones mayores, por ejemplo un trastorno depresivo o de ansiedad, es el grado de creencia que les otorguemos, es decir, la intensidad con la que nos las creamos, y la frecuencia con la que irrumpen en nuestro pensamiento.


    Un ejemplo de estos pensamientos y creencias interiorizadas desadaptativas más comunes de trastornos depresivos son (modificado de Olivares y Méndez, 2010):

    – Para ser feliz, debo tener éxito en todo lo que me proponga.
    – Para ser feliz, debo conseguir la aceptación y aprobación de todo el mundo siempre.
    – No puedo vivir sin ti.
    – Si alguien está en desacuerdo conmigo significa que no le gusto.
    – Si cometo un error es que soy un desastre y no sirvo para nada.



    Sin embargo, las creencias más frecuentes en trastornos de ansiedad son más del estilo siguiente:

    – Tengo que agradar a la gente.
    – Sólo existen ganadores y perdedores en la vida.
    – Si cometo una equivocación, fracasaré.
    – Soy el único que puede solucionar mis problemas.
    – No puedo aguantar que los demás me digan qué tengo que hacer.



    Puesto que ya sabemos qué es la cognición, podemos definir las anteriores frases de ejemplo como distorsiones cognitivas. Se llaman distorsiones cognitivas a los errores que hacemos de manera sistemática en el procesamiento de la información. Su resultado es que, como procesamos la información disponible de manera errónea, damos respuestas desadaptativas que nos generan malestar.

    Las distorsiones cognitivas son, a modo de ejemplo, unas gafas de un color determinado que nos impide ver la realidad de forma ajustada. Por ello la tarea que tenemos es darnos cuenta de qué forma vamos construyendo nuestro mundo y cómo ese modo de hacerlo genera muchas de nuestras emociones y conductas.

    Dijimos anteriormente que la cognición era mediador de nuestra conducta. Esto significa que, ante una misma situación o acontecimiento (A), una persona con una creencia negativa (B), va a desarrollar una serie de conductas y consecuencias emocionales (C) diferentes y posiblemente más desadaptativas que otra persona con unas creencias más adaptativas. Ejemplificado tendríamos lo siguiente:

    Así pues, en el primer ejemplo, ante la situación “terminar con mi pareja”, si la creencia es negativa y dramática (“No puedo vivir sin él”) las consecuencias serán autodestructivas. Evidentemente esta creencia es errónea, pues la vida continúa a pesar de una dolorosa ruptura de pareja. Sin embargo, ante la misma situación, cuando la creencia es adaptativa (“No teníamos la relación que nos gustaría, merecemos algo mejor”) y los pensamientos se convierten en fortalezas personales, la consecuencia es positiva, permitiéndonos a nosotros mismos abrirnos a otras experiencias por la liberación de una relación insatisfactoria.

    De ahí la importancia de controlar nuestro lenguaje interno y aquello que nos decimos a nosotros mismos (y a los demás). Somos seres verbales, para bien o para mal, y muchas veces el lenguaje es la trampa. Suelo decir de broma que “pensar no trae nada bueno”. Evidentemente el pensamiento es una herramienta de incalculable valor, pero puede ser un arma de doble filo, por lo que la broma se puede matizar y convertir en verdad: “pensar MAL no trae nada bueno”. Evitar caer en tus propias redes a veces sólo requiere un conocimiento de estos errores o distorsiones cognitivas.

2.- ¿MIEDO, ANSIEDAD, PÁNICO, FOBIA O ESTRÉS? ¿CÓMO DIFERENCIARLOS?
    El filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein dijo que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”. Y respecto a la capacidad de denominar los sentimientos que percibimos y de describir nuestro estado de ánimo, el hecho de contar con un amplio vocabulario puede ser de ayuda para no caer en la dicotomía simplista de concluir que sólo puedo sentirme “bien” o “mal”.

    Dar nombre a emociones y sensaciones puede ser en sí mismo de ayuda, permitiéndonos observar todas las tonalidades comprendidas entre los extremos y suavizando la incertidumbre que surge ante la pregunta “¿qué me pasa, qué es esto que siento?”.

    Hoy planteamos unas distinciones entre palabras usadas comúnmente, que hacen referencia a realidades similares pero con ciertas diferencias particulares. Nos referimos a miedo, ansiedad, angustia o pánico, fobia y estrés.

    MIEDO. Es adaptativo en tanto que se considera una reacción de alarma primitiva ante una situación de peligro inminente. Está focalizado en un estímulo presente -no futuro-, y conlleva una elevada activación del organismo. Por ejemplo: miedo será lo que sentimos al ver que un coche, en un adelantamiento imprudente, invade nuestro carril y pensamos que no le va a dar tiempo a volver al suyo, con el riesgo de accidente inminente.

    ANSIEDAD. La ansiedad es un conjunto de emociones, que surgen ante un posible peligro futuro, pero cuya manifestación principalmente es de tipo cognitivo (pensamientos, creencias…) y orientada hacia el futuro -a diferencia del miedo, que estaba focalizada en el presente-. Muchas veces la ansiedad se suele solapar con la depresión, pudiéndose dar ambos trastornos a la vez en la misma persona. Por ejemplo: sentiríamos ansiedad cuando pensamos la noche antes del examen del carnet de conducir en todos los posibles fallos que no queremos cometer, en el recorrido que nos tocará, qué examinador será el nuestro…

    ANGUSTIA o PÁNICO. Es un subtipo de síndrome de ansiedad. Se caracteriza por un predominio de síntomas físicos, (sudoración, temblores, hormigueo, náuseas, escalofríos, palpitaciones…) que se pueden acompañar de un pensamiento de muerte inminente. Se suelen manifestar en ataques o crisis de menos de 30 minutos de duración, y son muy frecuentes en la población. Por ejemplo: si antes de nuestro examen (también puede desencadenarse ante una situación no ansiógena) comenzamos a sentirnos mal, con síntomas físicos como palpitaciones, sudoración, dificultades respiratorias, etc…

    FOBIA. Es un tipo de miedo que tiene unas características determinadas. Es desproporcionado respecto a la posible amenaza, siendo la reacción que generalmente se espera menos intensa que la mostrada por la persona con fobia. Necesariamente conduce a una evitación de la situación temida. Además, son irracionales; la persona es consciente de que carece de una explicación lógica que justifique su miedo desmesurado. Y, para finalizar, producen un sufrimiento o malestar elevados. Por ejemplo: fobia es lo que siente aquella persona que es incapaz de montarse en un coche – o avión- nunca, bajo ningún concepto, y si lo hace es con gran malestar y queriendo salir de la situación cuanto antes.

    ESTRÉS. Es un concepto mucho más inespecífico y que ha generado muchas definiciones y teorías explicativas. Estrés es aquello que hace tu cuerpo para adaptarse a las demandas y exigencias externas. La Organización Mundial de la Salud lo define como “el conjunto de reacciones fisiológicas que prepara al organismo para la acción”. Esto sucede continuamente y no es por sí mismo perjudicial. El problema aparece cuando dichas demandas son excesivas, se dan durante un período de tiempo muy prolongado, superan nuestra capacidad de resistencia y adaptación o las evaluamos como amenazantes y como un peligro para nuestro bienestar. Es entonces cuando podemos hablar de distress o estrés negativo, el cual lleva asociados riesgos para la salud. En este sentido, Hans Selye, uno de los padres de la fisiología del estrés apuntó que “el hombre moderno debe dominar su estrés y aprender a adaptarse, pues de lo contrario se verá condenado al fracaso profesional, a la enfermedad y a la muerte prematura”.

    “Dejamos de temer aquello que se ha aprendido a entender”, dijo Marie Curie. Así pues, el conocimiento cercano de dichas condiciones y de nuestra personalidad permite una prevención de enfermedades y del malestar que generan. Neutralizar los efectos negativos del estrés, la ansiedad, el pánico… es posible adquiriendo las herramientas adecuadas y promoviendo fortalezas individuales.

3.- APROXIMACIÓN AL JUEGO COMO PROBLEMA
      “El trabajo es todo lo que se está obligado a hacer; el juego es lo que se hace sin estar obligado a ello”. (Mark Twain). Cuando jugar se convierte en la única vía para saldar deudas producidas por el hecho mismo de jugar, o para evitar el malestar de no estar jugando, nos encontramos con un problema lleno de prejuicios sociales, desconocido, en aumento y al amparo de un Estado que obtiene suculentos beneficios económicos de esta situación.

      Jugar es una actividad lúdica considerada como placentera por el que la realiza, que consta de múltiples finalidades diferentes en la infancia y en la adultez. Desde aprender, relacionarse, o establecer hábitos, hasta divertir, excitar o crear, etc… Pero si clasificamos los tipos de juego respecto a la presencia o no de motivantes monetarios, tenemos los juegos como meros pasatiempos, donde el objetivo es pasarlo bien, y no el hecho de ganar dinero, y los juegos de apuestas y azar que requieren una conducta de riesgo referente a conseguir o perder dinero (u otros bienes tangibles).

      Ambos tipos de juego pueden tener una naturaleza lúdica sin repercusiones negativas para el individuo y su entorno. Igualmente ambos tipos de juego pueden convertirse en desadaptativos en tanto generen conductas estereotipadas y problemáticas que mermen la relación sana del individuo con su entorno.

    Sin embargo, el juego que va asociado a un riesgo económico se ha ido legalizando poco a poco en nuestro país, con fines del Estado principalmente recaudatorios, desde que en 1812 se creara la Lotería Nacional por las Cortes de Cádiz. Por citar algunas fechas, en 1977 se crearon legalmente los casinos y bingos, el cupón de la ONCE en 1939, y la bonoloto en 1988.

    Y, como es de suponer, no es baladí el importe recaudado, convirtiéndose de hecho una importante fuente de ingresos para las arcas de la Hacienda pública. Es decir, al Estado le sale rentable el desarrollo de una presbicia selectiva que ignore los riesgos asociados para la población que conlleva la legalización –y proliferación– de salones de juego. Nos encontramos en una situación donde los casos de juego patológico se han disparado dramáticamente, siendo considerados una auténtica alarma social. Y a esta alarma social se le une un nuevo campo cuyas repercusiones están por llegar y que requieren con urgencia una intervención preventiva/educacional para proteger a los adolescentes: el juego online, al alcance de todos, sin exponerse a la censura social y permitiendo esquivar los límites de edad permitidos.

    El juego patológico se reconoció oficialmente como un trastorno en 1980 tras su inclusión en el manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales de la Sociedad Americana de Psiquiatría, DSM-III. Actualmente el DSM-5 considera el Juego patológico como una adicción conductual que no requiere de una sustancia para generar la adicción (es por tanto diferente de las adicciones con sustancia como el tabaco y otras drogas) pero no por ello es menos intensa o devastadora en la vida de la persona que la desarrolla y en su entorno.

      Como respuesta a esta situación potencialmente adictiva surgen diferentes perfiles de jugadores, con niveles de afectación variable. Existe el jugador social, que juega ocasionalmente y desde el trasfondo de una interacción social, manteniendo siempre el control de la situación. El jugador problema, sin embargo, tiene un control de sus impulsos algo menor, siendo la frecuencia de juego mayor, incluso diaria, y con un alto riesgo de convertirse en jugador patológico. Este último, el jugador patológico, tiene una dependencia emocional del juego, asociado a una pérdida de control y una importante interferencia en el funcionamiento de su vida diaria, junto con la imposibilidad de resistir el impulso a jugar, generándole continuas pérdidas monetarias y deudas. Por último, el jugador profesional cuenta con habilidades o trampas que le permiten vivir del juego, pues no arriesga, tiene estudiada su actuación e inversión mediante un análisis racional adecuado.

      A diferencia de la racionalidad presente en el jugador profesional, el patológico típicamente desarrolla pensamientos irracionales, entre ellos una “ilusión de control” respecto al resultado del juego. Piensa y cree firmemente que tiene una estrategia con la cual conseguirá ganar, obviando el hecho objetivo de que en los juegos de azar la única estrategia posible es repetir el número de apuestas hasta prácticamente infinito, para lo cual debería estar jugando toda su vida; si lanzas a cara o cruz una moneda, el número de caras se equiparará con el de cruces 50%-50% cuanto mayor sea las veces que repites la tirada. Además, todas las tiradas son independientes. Sin embargo, el jugador patológico tiende a considerar los ensayos como sucesos relacionados, pensando que “si tal número no ha salido, le tocará salir ahora”, cuando eso es del todo imposible por mera probabilidad. Es decir, si tengo una caja con 10 bolas numeradas, y cada vez que saco una la devuelvo de nuevo a la caja, todos los números vuelven a tener, en la próxima tirada, exactamente la misma probabilidad de salir.

    Estos dos sucesos –la ilusión de control del resultado y el hecho de considerar los ensayos de juego como dependientes– consiguen que la persona estime la probabilidad de éxito como algo factible, cercano, próximo a que suceda de forma inminente. Por esta razón mantiene la conducta de seguir jugando, porque está convencido de que “ya mismo vendrá el éxito”.

    Típicamente, hasta producirse el desarrollo de una adicción al juego, se pasa por tres fases.

    - Fase de ganancia: La persona consigue periodos iniciales de obtención de premios, aumentando su implicación y comenzando a creerse un buen jugador. Conlleva una excitación y unas expectativas de ganar más. Hay un optimismo que puede hacer durar a esta fase de meses a años.
    - Fase de pérdida: En la fase anterior comienza a arriesgar más, y por tanto comienza a perder más cuanto más apueste. El acceso a un préstamo dispara la probabilidad de convertirse en jugador patológico. Cuando las deudas crecen, su única opción visible es seguir jugando para intentar saldarlas y recuperar lo perdido. Así comienza círculo vicioso: apostar más para pagar deudas, y como sigue perdiendo, se sigue endeudando más. En último extremo se ve obligado a descubrir su problema a su entorno familiar y laboral. Puede prometer que lo va a dejar, pero sus promesas se disipan al poco tiempo, volviendo a jugar en cuanto consiga algo de dinero.
    - Fase de desesperación: La persona vive sólo para el juego, olvidando su vida social y familiar, solicitando préstamos que aumentarán su problema. El estado de irritación y ansiedad genera problemas de sueño, y la vida se vuelve insípida, nada es placentero. Se encuentran desesperados y al borde del pánico y la depresión clínica. Las únicas alternativas que percibe son el suicidio, la cárcel, escapar o buscar ayuda.



    Para la persona es una situación muy dura asumir que ha ido cayendo cada vez más en unas arenas movedizas de las cuales cada intento de escapar por sí sola la lleva a hundirse más y a arrastrar consigo a su entorno. Una vez asume su situación, desde la serenidad que proporciona saber que ha llegado al fondo del abismo y que ya sólo queda subir, pedir ayuda es la alternativa que le permitirá ir –poco a poco y con esfuerzo conjunto del jugador, familiares y terapeuta– retomando su vida lejos de una adicción devastadora.
4.- EL JUEGO PATOLÓGICO (II). ERRORES DE PENSAMIENTO
      El juego patológico se reconoció oficialmente como un trastorno en 1980 tras su inclusión en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales de la Sociedad Americana de Psiquiatría, DSM-III. Actualmente el DSM-5 considera el Juego patológico como una adicción conductual que no requiere de una sustancia para generar la adicción (es por tanto diferente de las adicciones con sustancia como el tabaco y otras drogas) pero no por ello es menos intensa o devastadora en la vida de la persona que la desarrolla y en su entorno.

      En la persona con ésta adicción conductual se desarrollan una serie de pensamientos irracionales de los que puede no ser consciente. Entre ellos una ilusión de control respecto al resultado del juego. Se piensa y cree firmemente que posee una estrategia con la cual conseguirá ganar, obviando el hecho objetivo de que en los juegos de azar la única estrategia posible es repetir el número de apuestas hasta prácticamente infinito, para lo cual debería estar jugando toda su vida; es decir, si lanzas a cara o cruz una moneda, el número de caras se equiparará con el de cruces 50%-50% cuanto mayor sea las veces que repites la tirada. Además, todas las tiradas son independientes. Sin embargo, el jugador patológico tiende a considerar los ensayos como sucesos relacionados, pensando que “si tal número no ha salido aún en la ruleta, le tocará salir ahora” , cuando eso es del todo imposible por mera probabilidad. Es decir, si tengo una caja con 10 bolas numeradas, y cada vez que saco una la devuelvo de nuevo a la caja, todos los números vuelven a tener, en la próxima tirada, exactamente la misma probabilidad de salir.

    Estos dos sucesos –la ilusión de control del resultado y el hecho de considerar los ensayos de juego como dependientes– consiguen que la persona estime la probabilidad de éxito como algo factible, cercano, próximo a que suceda de forma inminente. Por esta razón mantiene la conducta de seguir jugando, porque está convencido de que “ya mismo vendrá el éxito”.

    Otros pensamientos erróneos típicamente presentes en jugadores patológicos son la explicaciones post hoc, es decir, creer haber predicho un resultado y pensar que puedes seguir haciéndolo. Además, se activa un doble rasero, por el que los éxitos son atribuidos a factores personales, a características y capacidades propias y, en cambio, los fracasos se explican por causas externas, culpabilizando al entorno, a la situación. Este fenómeno es conocido como la atribución flexible. A nivel económico, el jugador patológico o en riesgo también presenta una atención selectiva por la que se fija en las frecuencias absolutas, es decir, presta atención a la ganancia inmediata que ha tenido, pero omite pensar en el dinero que lleva gastado, siendo el recuento total de pérdidas-ganancias siempre volcado hacia las pérdidas. En definitiva, la persona se excitará muchísimo por la alegría producida al ganar 300€, pero no tiene presente la realidad de que en la última semana lleva gastados más de 1.000€. Con lo cual el pensamiento “he ganado 300€” sería más ajustado si se cambia por “he perdido 700€” .

    Ser consciente de estos pensamientos erróneos es una fortaleza personal, pues si se detectan a tiempo son un indicador importante de que estamos interpretando nuestro comportamiento de forma incorrecta. Y con este razonamiento se podrán hacer saltar todas nuestras alarmas que nos avisen de que estamos mal encaminados, dándonos permiso para solicitar ayuda si es necesario.

    Saber que mi cerebro “se equivoca” y enseñarle a “pensar bien”, entre otras técnicas terapéuticas, alimenta el compromiso en la abstinencia al juego si nos retamos a aceptar el malestar por las ganas de jugar como quien soporta el malestar producido por un atasco al ir al trabajo: desearíamos acabar con esa situación tensa, pero nos vemos obligados a dejar que se disipe distrayéndonos con actividades que disminuyan la ansiedad y con la certeza de que el mal momento pasará.

5.- LA COMUNICACIÓN CON ADOLESCENTES
      Los cambios que suceden cuando se pasa de la infancia a la adultez no sólo afectan a la vida de quienes hacen esa transición biológica, psicológica y social, también de quienes conviven con el /la adolescente, especialmente su madre y su padre.

      La adolescencia es el período en el que madres y padres encuentran más dificultades para relacionarse con sus hijos e hijas: “dice que ya es mayor para que esté siempre encima, pero si no lo hago no hace sus tareas”; “antes íbamos a todas partes juntos, ahora prefiere estar sola o con sus amigas”; “no me cuenta nada de lo que hace y si le pregunto se enfada”.

      ¿Te identificas con estas frases? En este artículo vamos a conocer algunos aspectos de esta etapa y las claves para conseguir una comunicación eficaz con los y las adolescentes.

    ¿Qué aspectos tenemos que considerar si tenemos hijos o hijas adolescentes?

    Si bien cada persona es un mundo, existen algunas características que comparten la mayoría de adolescentes:

    Estos y otros aspectos hacen que hijas e hijos dejen de ser tan manejables, ya que empiezan a cuestionar las “reglas del juego”. Siguen dependiendo del padre y la madre, los necesitan, pero a la vez está construyendo una identidad propia al margen de ellos. Esto sumado a que ya no son los únicos referentes en su vida, puede generar inseguridad a padres y madres.

    La comunicación es fundamental para manejar esa inseguridad, entenderles mejor y mejorar las relaciones con adolescentes.

    ¿Cuáles son las claves para una comunicación eficaz y asertiva con adolescentes?

    1.- Promueve el diálogo a partir de una escucha activa.

    Para que exista una buena comunicación, es necesario el diálogo y para que el diálogo sea posible hay que escuchar de manera activa. Esto significa que las conversaciones con adolescentes no pueden convertirse en “sermones” sobre qué hacen y qué deberían hacer. Los “sermones” les quitan las ganas de volverse a sentar a hablar con su madre y/o su padre.

    Al contrario, hay que conectar con hijos e hijas, conocer su forma de entender lo que está pasando, cómo se siente respecto al tema que estemos tratando, cuál es su punto de vista. Por ello hay que dejarles hablar, hay que escucharles.

    Tampoco consiste en convertir la conversación en un interrogatorio. Si sólo preguntamos al/la adolescente por dónde ha estado, con quién y qué han hecho, les quitaremos las ganas de comunicarse.

    2.- Evita los juicios de valor y las críticas.

    Puede ser que durante una conversación el/la adolescente relate historias, cosas que ha hecho o han hecho sus amistades, que al padre y la madre les parezcan inapropiadas. Si constantemente el/la adolescente se siente juzgado y criticado cuando cuenta sus cosas habrá un distanciamiento y dejará de compartir lo que hace. Hay que saber sortear la situación, prestando atención y corrigiendo sólo aquellos comportamientos que consideramos realmente imprescindibles.

    3.- Ayúdale a que busque sus propias soluciones en lugar de decirle qué hacer.

    Un refrán dice “Nadie aprende por cabeza ajena”. Si bien padres y madres con la mejor de sus intenciones cuentan a sus hijas/os los errores que han cometido, cómo se deben hacer las cosas para no equivocarse, etc. de alguna manera lo que intentan es resolverle los conflictos que se le presentan, y esa no es la mejor opción. Las y los adolescentes necesitan experimentar y aprender por sí mismas/os qué les funciona en su vida y qué no. Lo más adecuado es ayudarles a enfocar bien el problema, plantearse las alternativas para solucionarlo, sopesarlas y dejarles elegir libremente la opción que consideren mejor. Esta fórmula les ayuda a madurar, mejora su autonomía y abre la comunicación entre los miembros de la familia.

    4.- No menosprecies los temas de los que quiera hablar.

    Durante la adolescencia resultan apasionantes temas que para personas adultas no tienen el menor interés: discusiones con amistades, primeros sentimientos de amor hacia otra persona, admiración por artistas, etc.
    Nunca se debe menospreciar lo que interesa a hijos e hijas. Decir cosas como “que sabrás tu lo que es el amor” “eso son chiquilladas, tonterías de niños” aleja a los/as adolescentes de su madre y padre.
    Sentirá que no le entienden y dificílmente entablará comunicación nuevamente para compartir estos y otros temas.

    Es importante escuchar todo lo que quiera contar. Todo tiene interés, porque le interesa a tu hija o hijo.

    5.- No pierdas los papeles, si la discusión se caldea.

    Puede que algunos temas que salgan a relucir cuando padres, madres e hijos/as charlan provoquen conflicto. Hablar sobre la hora de recogida, los planes del fin de semana o conocer algunas cosas que el/la adolescente ha hecho puede hacer enfadar tanto al/la adolescente como a padres y madres. Si el enfado es de tan fuerte que no vamos a poder controlar los gritos, golpes en la mesa, etc. lo mejor es posponer la conversación para cuando todo el mundo esté más tranquilo.

    Los temas “espinosos” se resuelven de una manera tranquila y con actitud negociadora, sino difícilmente van a volver a ponerse sobre la mesa y el/la adolescente optará por no contar lo que hace, mentir sobre horarios, etc.

6.- LOS MITOS DEL AMOR ROMÁNTICO ¿EN QUÉ NOS AFECTAN?
      El amor es una de las emociones humanas que más interés ha suscitado. El amor es una emoción universal que es inherente al ser humano, sin embargo no es el tema de este artículo. Lo que este artículo pretende analizar es el concepto de amor romántico y algunos de los mitos que acompañan a ese concepto, para entender cómo nuestra idea de amor contamina nuestras relaciones y provoca sufrimiento cuando no se cumplen nuestras expectativas.

      El amor romántico es una forma de entender las relaciones de pareja y tiene un carácter puramente cultural –concretamente pertenece a la cultura occidental-. Así, lejos de ser una emoción universal como decíamos del amor, el amor romántico está construido en base a la socialización. Esto quiere decir, que lo que hemos visto en el cine o las series de televisión, lo que hemos leído en los cuentos populares o la literatura romántica, nos ha influido a la hora de construir nuestra idea del amor.

      A partir de esa socialización, la mayoría de las personas compartimos una serie de mitos en torno al amor, unas ideas irreales sobre lo que deben ser las relaciones y el amor verdadero.

    Mito de la media naranja.

    Este mito defiende la idea de que una persona por sí misma no puede estar completa, sólo está completa cuando se une a su “alma gemela”. La media naranja expresa que estamos predestinad@s el uno al otro sin que tengamos opción de elegir ya que solo con esa persona, esa media naranja, nos sentimos complet@s.

    ¿Cómo nos afecta este mito?

    1- Nos genera inseguridades respecto a nuestra propia relación de pareja. Aunque la relación esté funcionando podemos plantearnos si realmente esa es la persona que estaba predestinada para nosotr@s cuando se dan conflictos naturales en la relación.

    2- Nos provoca sentimientos de soledad y de no estar complet@s, cuando no tenemos una relación de pareja.

    “Sin ti no soy nada”

    Mito de la exclusividad.

    Con este mito se transmite la creencia de que el amor sólo puede sentirse por una única persona.

    Es un mito que sustenta la idea de que la monogamia es el estado ideal de las personas en la sociedad y a su vez la base de los celos como muestra de amor incondicional.

    ¿Cómo nos afecta este mito?

    1- Nos hace sentir culpables cuando nos atraen otras personas fuera de la relación de pareja.

    2- Nos lleva al conformismo, manteniendo relaciones que ya no funcionan y nos hacen infelices.

    3- Nos hace sentir celos cuando la pareja muestra interés por otra/s persona/s que provocan inseguridad, miedos, conflictos y sufrimiento.

    “Los celos son una muestra de amor.
    Si no tiene celos, no me quiere”

    Mito de la perdurabilidad (o de la pasión eterna).

    Creencia de que la pasión y el enamoramiento de los primeros meses puede y debe perdurar en el tiempo considerando que la evolución natural de los sentimientos, significa que no es la persona adecuada.

    ¿Cómo nos afecta este mito?

    1- Nos hace sentir frustración por no conseguir mantener la pasión del principio.

    2- Nos lleva a una inestabilidad emocional, al cambiar de unas parejas a otras sin más motivo que la búsqueda de una pasión que permanezca constante en el tiempo, algo que es irrealizable.

    “… y comieron perdices y fueron felices para siempre”

    Mito de la omnipotencia.

    Es la creencia de que “el amor todo lo puede”. Este mito hace que las personas mantengan relaciones en el tiempo a pesar de estar experimentando que la relación no funciona, creyendo que el poder mágico del amor cambiará a la otra persona o las circunstancias para conseguir ser felices.

    ¿Cómo nos afecta este mito?

    1- Nos hace sentir frustración ya que los problemas de la pareja no se solucionarán por arte de magia, sino buscando las soluciones nosotr@s mism@s. Además nos hace irresponsables y provoca sentimientos de pérdida de control, al dejar las riendas de nuestra felicidad en pareja en manos del destino.

    2- Nos lleva al conformismo, manteniendo relaciones que no funcionan y nos hacen infelices.

    “Los polos opuestos se atraen”